Memoria

Cuentan, que cuando los hombres que trabajaban en la maderada se ponían enfermos tomaban sangre de macho montés. Este hecho nos muestra un vínculo íntimo con el entorno natural que nos lleva a lo más profundo de nuestra relación con los paisajes que vivimos. Esa relación ha tenido en esta serranía una trayectoria milenaria que tiene su origen en las referencias que existen desde el siglo XI acerca de la recogida de cortezas para obtener taninos, maderas o la producción de alquitrán vegetal. La serranía fue durante siglos una despensa de productos que se gestaban en un gran organismo vivo: la masa forestal más extensa de la Península Ibérica.

Lo que hoy es el parque natural de las sierras de Cazorla, Segura y las Villas ha sido el terreno vital de miles de seres humanos que, como auténticos pioneros, desarrollaron una cultura alrededor del uso de la madera, de los bosques y de todos sus recursos silvestres de manera sostenible. Las familias llevaban a cabo el carboneo que proporcionaba ingresos a las apretadas economías serranas, la siega del espliego en la que participaba toda la familia, la recolección de más de una treintena de tipologías de setas, el pastoreo extensivo de la oveja segureña, la matanza del cerdo en cada casa, la práctica de la caza menor, la recogida de líquenes, el cultivo del tabaco siempre en algún lugar inaccesible, el resineo o la obtención de betún o alquitrán vegetal.

Posiblemente el más legendario y épico de los trabajos que se llevó a cabo a lo largo de cientos de años fue la maderada entendida como el pastoreo de los troncos. Aquí se forjó una historia de la madera, de los árboles y de los bosques, de las leyes que se establecieron para la explotación y de las traviesas que aquí se fabricaron. Es una narración que nos habla también de la memoria de los teleféricos forestales que hacían volar la madera, de los arrieros que con sus bueyes y mulas acarrearon toneladas de material, de hacheros embadurnados de resina descortezando árboles, de aserradores que hundían la sierra a buen ritmo en las entrañas de la madera, de pastores de troncos que atravesaban el río danzando sobre ellos. Es también la historia de sus esposas y de sus hijos.

Es una historia que confluye en el aserradero de Vadillo Castril hoy sede del ciCUM, que funcionó entre 1942 y 1986 produciendo vigas especiales así como fundamentalmente cachas, traviesas, pisos de vagones y otras piezas para RENFE.

La gran aventura de la madera no acabó en los carros o camiones que se llevaban la madera de Vadillo Castril porque a buen seguro que continuó en los barcos de los que formó parte y en sus grandes expediciones marítimas y también en el territorio que, traviesa a traviesa, con hilo de acero cosía el ferrocarril.

Vista general del poblado de Vadillo Castril. Año 1956
Colonos trabajando con la sierra de pecho.
Maestro de sierra y operarios valorando el primer corte de una troza.